En las páginas de economía del New York Times, aparece un artículo sobre autocontrol y fuerza de voluntad. Un experto aclara los conceptos:
Auto control es fijar objetivos, Fuerza de voluntad es moverse de dónde estas a dónde quieres llegar.
En El País, un ejemplo práctico: Mario, de Perú, nos cuenta su historia:
“Y pensé lo increíblemente afortunado que yo he sido en la vida por seguir el consejo del tío Lucho y haber decidido, a mis veintidós años, en aquella pensión madrileña de la calle del Doctor Castelo, en algún momento de agosto de 1958, que no sería abogado sino escritor, y que, desde entonces, aunque tuviera que vivir a tres dobles y un repique, organizaría mi vida de tal manera que la mayor parte de mi tiempo y energía se volcaran en la literatura, y que sólo buscaría trabajos que me dejaran tiempo libre para escribir. Fue una decisión algo quimérica, pero me ayudó mucho, por lo menos psicológicamente, y creo que, en sus grandes rasgos, la cumplí en mis años de París, pues los trabajos en la Escuela Berlitz, la Agence France Presse y la Radio Televisión Francesa, me dejaron siempre algunas horitas del día para leer y escribir”.
Hace años, cuando íbamos en bicicleta por las montañas, yo siempre tenía muchos problemas en las subidas. Pese al sobrehumano esfuerzo que hacía, el dolor era insoportable, me quedaba sin fuerzas, e, inevitablemente, tenía que bajar de la bici antes de llegar a la cima.
Un día, uno de aquellos inusitados sábados en el Pantano, al poco de iniciar un ascenso, yo jadeaba y gemía, mi bici hacía eses. Pese a que era una fresca mañana de mayo, sentía un calor sofocante. Tenía la boca seca. Mi sienes palpitaban violentamente. Mis piernas no daban más de sí. Cada pedaleada era un esfuerzo sobrehumano, pero la bicicleta apenas avanzaba unos centímetros. Una vez más, estaba a punto de bajarme.
Fue entonces cuando el Doctor Weiss se me acercó y me dijo el secreto de todos los tiempos : “en cada pedalada guárdate un poco de fuerza para la siguiente”. Así lo hice- habría hecho cualquier cosa- y en la pedalada siguiente no cargue todo el peso de mi cuerpo sobre los pedales, no concentre toda la fuerza en mis cuádriceps. Aflojé los nudillos sobre el manillar, relaje los brazos y el cuello. Respiré profundamente, o lo intenté, me senté en el sillín, y di una leve pedalada, con el menor esfuerzo posible: tan sólo el gesto cinético, sin fricción. Avance unos pocos centímetros. Pero avance. Con esfuerzo, pero sin dolor. Podía dar otra pedalada y no moriría. Y seguí avanzando: otra pedalada. Y luego otra. Y ya está. Eso era todo. Aquel día llegue sobre la bici al final. Era el último, era feliz.
El moralista matinal lee los últimas investigaciones científicas sobre la fuerza de la voluntad. Lee cómo un premio nobel decidió que lo sería, y cuál era el camino que debía seguir hasta conseguirlo. Y piensa que todo es tan sencillo, tan complejo, como ir en bici: elegir la montaña, saber hasta dónde quieres llegar (fijar objetivos), pedalear, concentrarte en cada pedalada, no en los miles que quedan, emplear el esfuerzo justo e imprescindible (fuerza de voluntad), y seguir hasta dónde querías llegar (triunfar).
1 comentario:
Ama- D -o
Esto me ha encantado. En el fondo, fondo... Muy en el fondo ;-)
eres un niño bueno. Sigue así, please, que te sienta muy bien, de verdad.
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