David preferiría en ese momento estar en cualquier sitio menos en ese, una reunión de freekies de la fotografía comentando a Weber y a Gottlob. Es verdad que entre ellos estaba Alina pero ni siquiera eso le compensaba. David adoraba a Alina y todo lo que ella hacía. Pero ahora parecía enfrascada en una conversación con un profesor de mierda que parecía recién divorciado. “La imagen supera lo imaginado”, le oyó decir mientras Alina asentía. Le gustaba mirar su nuca cuando llevaba recogido el pelo. La conoció en primero de carrera, cuando ambos fueron elegidos para compartir un trabajo sobre Paul de Mann. Se enamoró desde el primer momento, pero ella siempre había mantenido, por así decir, la distancia. Es verdad que le sonreía abiertamente, pero también lo hacía con todos. La trayectoria de ambos fue muy pareja. La carrera de audiovisuales era un mundo no explorado. Con el plan Bolonia se podría decir que dos personas no cursaban la misma carrera. Te podías especializar en fotografía, publicidad, o irte hacia cuestiones relacionadas con el cine o la palabra mágica: la narrativa. Lo mejor de la carrera era ese espíritu de libertad de saber que muy poca gente coincidía con tus gustos al cien por cien. Lo peor eran los profesores, muchos de ellos jóvenes, a los que sobraba erudición y faltaba genio. David había decidido ir a la exposición porque le había invitado Alina pero al cuarto de hora estaba harto de los halagos que recibían los retratos de Weber y las naturalezas muertas de Gottlob. Estaba tan cansado de eso como del blanco y negro, de modo que su imaginación se distraía haciendo figuras con pañuelo de Alina. Hasta que no pudo más. Salió con total parsimonia y coincidió con un autobús que cubría la línea ochenta. Se sentó malhumorado. Escuchar o hablar sobre la fotografía le ponía enfermo y le robaba la fuerza vital para captar lo que él llamaba “el instante”: ese momento en que lo fotografiado es un todo mayor que su partes. Dos asientos por delante escuchaba una conversación de dos personas mayores sobre el precio del autobús, Desechó en seguida la de la derecha, pero una música salía de la mujer de color de la izquierda. Ahí había algo. Apoyó el objetivo en el asiento vacío de adelante y esperó. Al menos dos paradas en las que tuvo la suerte de que nadie se sentara delante de él. Pero surgió. La mujer, de unos 50 años se dio la vuelta como lo hacen todos los que se sienten observados. Apretó el botón. La primera seguramente no valdría. Pero sí la tercera y la cuarta. Alina y él lo llamaba la magia del instante, plasmar la naturalidad, esas eran sus divisas. La posibilidad de congelar lo valioso que uno ve y de darlo a los demás. La foto le hizo cambiar el humor de modo que cuando ya casi estaba llegando a su parada decidió ir a comprar algo de hierba para pensar en el pelo de Alina mientras revelaba un par de carretes que debía entregar el lunes. Era la tarde de un sábado como cualquier otro en Berlín. Sólo deseaba una cosa: que ni Nantes ni Helio hubieran organizado nada para esa noche, lo cual era del todo improbable teniendo en cuenta sus naturalezas mediterráneas y lo avanzado del curso. Si fuera así se parapetaría en su habitación para chatear con Alina. Si el resultado de los rollos eran buenos tal vez se animaría a invitarla.
Buscó en Kelmett Strasse a su camello, Haifa, un chavalín turco que te compraba lo que le pidieras. Era rápido y sabía dónde había buen material, y encima te lo traía a casa si en ese momento no disponía. Compró apenas 2 gramos de hierba y le dio un euro a Haifa. Se dirigió a casa y de repente, cojones, de nuevo la música delante suya. Una abuela trataba de cruzar la calle. Estaba vestida de negro y llevaba un broche de oro. Claramente iría a los oficios religiosos de una iglesia presbiteriana cercana. Se lo tomó con calma. Quería mostrar lo mismo que veía: lo sórdido de una calle gris, pero la voluntad inquebrantable de alguien que en principio debía ser débil y que frente a los coches y motos que pasaban era como un pilar. Uno, dos, tres. Perfecto. David no podía estar más contento. Sólo faltaba que el piso estuviera vacío. “Nada es perfecto”, se dijo mientras escuchó al doblar la esquina el sonido de música flamenca que salía de su apartamento. Tuvo que arreglárselas para entrar. La gente llegaba hasta las escaleras e incluso tuvo que echar a gente que se había acomodado en su cama y utilizaba su mesa como apoya vasos. Una vez sólo bajó la persiana y encendió la bombilla roja. Era un trabajo sobre el movimiento que debía representar de algún momento su forma, no congelarlo totalmente sino que quedara algo de su trayectoria. David ya sabía cuál iba a elegir a no ser que el revelado le sorprendiera: un hombre en la city pidiendo un taxi. Era convencional pero le serviría para aprobar.
Cuando acabó de desvelarlas se fijó en el yuppie con su mano levantada. Sin lugar a dudas era la mejor pero no lo era por el motivo principal: justo detrás suyo una mujer de unos treinta años se disponía a cruzar la calle con una bolsa de mimbre de la que sobresalían verduras. La sensación de prisa estaba más concentrada en la mujer y además no era superficial. Daba la sensación de ser un movimiento rítmico del que sólo participaba ella. La tituló “mujer de compras” y se hizo satisfecho un canuto. Comprobó si Alina estaba conectada. No estaba en línea. Quizá todavía estaba en la exposición. La llamó y la invitó a la fiesta. Sí, le apetecía ver esa foto. Iría en una media hora. David se sintió eufórico. Se acabó el canuto tirado en la cama y después salió en busca de una cerveza.
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