Feliz es sólo el hombre bien templado, Que del hoy se hace dueño indiscutido, Que al mañana increparle puede osado: «Extrema tu rigor, que hoy he vivido»
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jueves, diciembre 29, 2011
Los picos bursátiles
No era una mañana como las demás. El mundo ante ella parecía ser de juguete. La calle se curvaba, como el tiempo que necesitaba en recorrerla. No era cualquier día y no tenía explicación para dejar de serlo. Sabía que en veinticinco minutos todo cambiaría y se encontraría delante de un ordenador a las órdenes de aquel capullo que tenía por jefe de sección y que su jornada se resumiría en observar los picos de las acciones de la bolsa para marcarlos y tratar de encontrar una tendencia. Ese era su trabajo. Una mierda de trabajo para el que había estudiado una brillante carrera de económicas y cursado un master en Boston sobre las fluctuaciones bursátiles. A eso de las doce aparecería Don Alberto apestando a colonia y flirtearía con ella. A la una le esperaba la comida –ensalada, casi siempre- con sus compañeras. No sabía cómo había acabado por comer con ellas. Los hombres a un lado y las mujeres por otro. Odiaba aquellos momentos. Nadie parecía ser quien decía ser. Todas se comportaban conforme a un guión, el que podía dotarles de un ascenso o alguna gracia especial. Todas le tenían envidia porque Don Aberto perdí el tiempo un rato con ella. Pero hoy era distinto. Nada le eso le importaba. Llegó a un paso de peatones y algo le dijo que si cruzaba su vida sería la repetición de lo mismo. Así que no cruzó. Miró su derecha y entró en un café. Pidió un cortado y un briote y se puso a mirar por la ventana. Una euforia que jamás había sentido se apoderó de ella: hoy era el primer día de su vida. Apagó el móvil y se puso a mirar por la ventana. No se estaba equivocando: había encontrado un indicio de cómo debía de sentir las cosas de ahora en adelante. Y dentro de esas cosas no se encontraba su aburrido trabajo ni nada relacionado con él. Siempre había hecho lo que se esperaba de ella, y eso había acabado. No le importaba ser soltera a los 40 años. Tampoco quería volver a casa. Salió del bar y vagó por las calles con una alegría desbordada. Antes de volver a su casa pasó por una inmobiliaria. Un agente le acompañó. Le comentó que habría que tasarla pero que podrían comprarla de inmediato por unos 200.000 euros. Cuando se fue hizo una maleta con apenas lo imprescindible. En tres cuartos de hora vendió su casa. No se le ocultaba que el importe era menor a su valor pero en su cabeza sólo rezumaba aquella alegría que le impedía quedarse en Barcelona por más tiempo. Quedó con el agente en una notaría y firmó los papeles. Con eso y con unos 150.000 euros ahorrados, con su pequeña maleta de viaje, cogió un taxi para ir al aeropuerto. No supo decirle al taxista en qué terminal quería bajarse. Poco más podemos decir de ella. Nada más que embarcó en un avión con destino a Brasil
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