Cuando mis piernas no podían ya
responder me di cuenta de que estaba cerca del parque Güell. Me
tumbé rendido en el mirador. El calor inundaba la ciudad. Antes de
dormirme como un niño noté en el hombro el arrullo de aquella
mujer: en aquel mismo sitio, aquellos domingos por la tarde sin
tabaco.
Me desperté porque llovía. Tenía un
enorme agujero en el estómago. Cogí un autobús hacia el centro,
con la esperanza de encontrar algún pakis para hincharme a
donner-kebabs. Era inevitable, Urquinaona era fin de trayecto. Et
in Arcada Ego: directo al nervio. Aquella plaza había sido mi
casa urbana, mi abastecimiento de una dicha lánguida y
quintaesenciada. Ahora cumplía la misión de un escenario sin
público tras la representación. Como el viajero que retorna y se ve
amenazado ante el hecho de que no ha cambiado el lugar sin él, así
arrastré mis piernas buscando oxígeno. Y lo encontré. Tras un
ventanal de dos metros y medios pude adivinar la figura de un viejo
compañero de facultad. Tenía que ser él. Engominado y entrajado,
sosteniendo la misma sonrisa advenediza de entonces, charlaba con una
mujer rubia, de una aspecto impecable. Sin pensarlo entré en el
local, sobrepasé la larga cola que esperaba una mesa y me senté
junto a él. No me acordaba de su nombre. Sonreí.
- No me digas que te has convertido en un Sr. Smith, le dije bromeando.
- Perdón, nos conocemos? Respondió alterado.
- Soy Peter, -condescendí hacia la chica-, nos sentábamos juntos en historia del arte. Invítame a comer, tío.
Me reconfortó verle nervioso. Hacía
unas dos semanas que no hablaba con nadie y eso me demostraba mi
existencia. Se hizo un silencio, pero yo no podía apartar la vista
de los pendientes de la rubia. Eran una simple cadenita de plata con
una perla.
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