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viernes, julio 24, 2015

Barcelona (2)



Mi antiguo compañero de facultad - ¿Javier? ¿Ignacio?, no recordaba su nombre, quizás nunca lo supe- y su acompañante me miraron con estupor durante unos instantes. Aparte la mirada de aquella perla y la deposite en los ojos azules de la mujer. Era más joven de lo que me había parecido a través del ventanal, y era guapa, muy guapa. Tenía los ojos grandes, quizás demasiado separados, la piel muy blanca, la nariz era ligeramente achatada, los pómulos muy marcados y la barbilla prominente. Imperfecciones que conjuntaban armónicamente para dar a su cara una belleza arrebatadora, pues el rasgo que más sobresalía era la de una inteligencia expectante.

La primera que habló fue ella: “Hola Peter”.

Al oírle mencionar mi nombre, sentí una infinita vergüenza. Durante los meses que llevaba viviendo en la calle llegué a creer que me había vuelto invisible, que había conseguido mi objetivo de desparecer para el mundo y para todos aquellos que algún día fueron alguien en mi vida. ¿Hola Peter?, sabía mi nombre, me conocía, y me debía conocer bien, pues incluso a mí me costaba reconocerme en el reflejo de los escaparates, con mi barba cana, el pelo revuelto y diez kilos menos. Me conocía: ¿una antigua alumna, la hija de un amigo, de un amigo muerto, una sobrina lejana a la que perdí el rastro, alguien que acabó en mi habitación de algún hotel en uno de mis descensos a los infiernos? Pensé en mis ropas, usadas y arrugadas, y en que quizás hacia dos días que no me duchaba. Vergüenza. La preocupación por lo que otro ser humano pudiese pensar de mí. Había olvidado el sentimiento.

 Ella debió ver la turbación en mi rostro. Me sonrió y me dijo: ¿no te acuerdas de mí?

No, no me acuerdo, pensé. Y me invadió una sensación de vértigo. De caída hacia el interior más oscuro de mi alma. Ahora sentía miedo. Un temor indefinido, era como el conocimiento difuso de haber hecho algo mal sin saber qué, aún, que me invadía siendo niño cada vez que mi padre llegaba por las tardes a casa con el rostro enojado. Instintivamente llevé mi mano al bolsillo trasero de mi pantalón, donde tenía mi ejemplar de las Meditaciones de Marco Aurelio que robé de la biblioteca de Sants. Era mi única pertenencia, junto al cepillo de dientes y un mechero bic, y había sido mi ancla a la cordura todos estos meses. Pero el tacto del gastado libro no fue bastante para tranquilizarme. Sus ojos seguían fijos en mí y esperaban mi respuesta y por primera vez en mucho tiempo sentí sed, la sed, miré en derredor buscando un camarero, necesitaba beber, un whisky, no, mejor un coñac, sí, el regusto final a chocolate de un buen coñac… Posó su mano sobre la mía, el cálido tacto de un ser humano, así que volví a girar el rostro hacia ella. 

Vámonos, me dijo, tengo que hablarte de unas perlas.

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