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lunes, julio 27, 2015

Impetu

(Sobre algunos hombres predestinados)

Nuestras vidas son muy verosímiles y, sin embargo, en su mayor parte, tienen la apariencia de lo irreal o de la insatisfacción. De modo que no voy a discutir con nadie sobre la inverosimilitud de lo que voy a narrar acerca de los personajes que un día me encontré y de los que siempre hecho de menos en este desierto de almas homogéneas que llamamos ciudad. Sí, en especial es en las grandes ciudades donde la gente se pudre de un aburrimiento mezquino del que no saben salir sino comparándose entre sí. La vida es una mierda, sí, pero todavía es peor sí se quiere presumir que no lo es, si se quiere pretender que uno no ha comulgado como todos, en el pantano de la pequeñez y la incomprensión. Por eso, por mucho que podamos sentir lástima de estos hombres, bien podría sentarnos echar una ojeada a qué es lo que ellos opinarían sobre nuestra vida predecible y programáticamente marcada por la ausencia de pasión y de singularidad. En esta vida que conocemos nada pasa porque todo se reduce a salir de puntillas de cualquier escenario que implique magnanimidad o, lo que los antiguos llamaban, gesta.


C. no recordaba dónde había dejado el coche. Sabía que era una paralela a Serrano; la noche en que lo perdió de vista se había convertido en un desafío para la memoria. Uno no debe olvidar su coche; pero si lo hace no puede ir a buscarlo tras unos meses. Lo cierto es que no quería recordar aquella noche. Lo último que recordaba era hacerse unas líneas en la M-40, y el aroma de un prostíbulo cercano en donde reconoció a dos políticos. Lo cierto es que, aquella tarde, muy pronto, se había encontrado a unos amigos y, hasta que no consiguió que la persona con la que estaba, un auténtico pesado, se diera por acabado no prendió ningún cohete. Pero él lo veía. Aquella podría ser la última noche. Luces y esa sequedad que nace en la garganta. Seguir hasta que el tren se pare. Ahora iban por el exterior de Castellana a 150 kilómetros por hora. Eran 4 y ya no iban en su coche. Pero esa fue la última noche en que vió su Peugeot 508 que le había recomprado a su padre por un precio ridículo. De modo que cuando fue preguntado por éste, un ingeniero con éxito circunspecto, le dijo la verdad. Su padre nunca le reprochó cosas como esa. Con bastante seguridad podría decir que sentía cierta cercanía con la juventud, ya alejada de él, tal vez turbulante. Se le notaba en la cara: sus labios temblando reprimidos mientras escuchaba los relatos de C. Le aconsejó que mirara en el depósito municipal. Fingiendo cierta preocupación para sí mismo viajó a Somosaguas y pronto se enteró que su coche estaba allí y que el ayuntamiento cobraba por día de depósito, además de la sanción y los gastos de transporte. La cifra eran unos 2000 euros. C. preguntó si podía ver el coche antes de pagar lo que debía. Cuando lo divisó a lo lejos aminoró el paso. No podemos saber lo que pasó por su cabeza. Lo cierto es que se agenció una barra metálica, y comenzó a destrozar el coche. Cuando se subió al capó para acabar con el techo cromado, fue instado a dejar de hacerlo por los operarios que se acercaban corriendo. No consiguieron sacarle una palabra, pero cuando lo cuenta añade que jamás en su vida ha sentido algo parecido a la liberación de un peso que no había elegido.

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