(Sobre
algunos hombres predestinados)
Nuestras
vidas son muy verosímiles y, sin embargo, en su mayor parte, tienen
la apariencia de lo irreal o de la insatisfacción. De modo que no
voy a discutir con nadie sobre la inverosimilitud de lo que voy a
narrar acerca de los personajes que un día me encontré y de los que
siempre hecho de menos en este desierto de almas homogéneas que
llamamos ciudad. Sí, en especial es en las grandes ciudades donde la
gente se pudre de un aburrimiento mezquino del que no saben salir
sino comparándose entre sí. La vida es una mierda, sí, pero
todavía es peor sí se quiere presumir que no lo es, si se quiere
pretender que uno no ha comulgado como todos, en el pantano de la
pequeñez y la incomprensión. Por eso, por mucho que podamos sentir
lástima de estos hombres, bien podría sentarnos echar una ojeada a
qué es lo que ellos opinarían sobre nuestra vida predecible y
programáticamente marcada por la ausencia de pasión y de
singularidad. En esta vida que conocemos nada pasa porque todo se
reduce a salir de puntillas de cualquier escenario que implique
magnanimidad o, lo que los antiguos llamaban, gesta.
C. no
recordaba dónde había dejado el coche. Sabía que era una paralela
a Serrano; la noche en que lo perdió de vista se había convertido
en un desafío para la memoria. Uno no debe olvidar su coche; pero si
lo hace no puede ir a buscarlo tras unos meses. Lo cierto es que no
quería recordar aquella noche. Lo último que recordaba era hacerse
unas líneas en la M-40, y el aroma de un prostíbulo cercano en
donde reconoció a dos políticos. Lo cierto es que, aquella tarde,
muy pronto, se había encontrado a unos amigos y, hasta que no
consiguió que la persona con la que estaba, un auténtico pesado, se
diera por acabado no prendió ningún cohete. Pero él lo veía.
Aquella podría ser la última noche. Luces y esa sequedad que nace
en la garganta. Seguir hasta que el tren se pare. Ahora iban por el
exterior de Castellana a 150 kilómetros por hora. Eran 4 y ya no
iban en su coche. Pero esa fue la última noche en que vió su
Peugeot 508 que le había recomprado a su padre por un precio
ridículo. De modo que cuando fue preguntado por éste, un ingeniero
con éxito circunspecto, le dijo la verdad. Su padre nunca le
reprochó cosas como esa. Con bastante seguridad podría decir que
sentía cierta cercanía con la juventud, ya alejada de él, tal vez
turbulante. Se le notaba en la cara: sus labios temblando reprimidos
mientras escuchaba los relatos de C. Le aconsejó que mirara en el
depósito municipal. Fingiendo cierta preocupación para sí mismo
viajó a Somosaguas y pronto se enteró que su coche estaba allí y
que el ayuntamiento cobraba por día de depósito, además de la
sanción y los gastos de transporte. La cifra eran unos 2000 euros.
C. preguntó si podía ver el coche antes de pagar lo que debía.
Cuando lo divisó a lo lejos aminoró el paso. No podemos saber lo
que pasó por su cabeza. Lo cierto es que se agenció una barra
metálica, y comenzó a destrozar el coche. Cuando se subió al capó
para acabar con el techo cromado, fue instado a dejar de hacerlo por
los operarios que se acercaban corriendo. No consiguieron sacarle una
palabra, pero cuando lo cuenta añade que jamás en su vida ha
sentido algo parecido a la liberación de un peso que no había
elegido.
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