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viernes, julio 24, 2015

Barcelona (3)

Del tiempo que trabajé como psiquiatra en la cuarta planta del Vall d'Hebrón, casi toda mi carrera, no había retenido nada de importancia excepto dos cosas: la primera es que la los menoscabos de una psique mutilada posee más pistas acerca de los misterios de la naturaleza humana que lo que solemos llamar una trayectoria conductual estable y normalizada; la segunda, era que el tacto es al sistema afectivo-desiderativo como los cimientos a un edificio. Por él se despiertan las convulsiones más violentas y los apegos más desinteresados. Obvia decir que hacía mucho tiempo nadie me había tocado, y que aquello fue para mí como el despertar de un oso tras un largo invierno. Cuando ella se levantó mostrándome las líneas secretas opuestas al bíceps con un ligero movimiento de cadera mi amigo o ex-amigo (más tarde lo entendería) desapareció de mi mente y el cielo cayó sobre mi cerebro en forma de una sinfonía de Brahms. La sed fisiológica se había transmutado en sed espiritual por la persona que me llevaba de la mano a un extremo del restaurante.

Por otra parte, el soplo de aire fresco que inundó -quiero decir, empapó- hasta los dedos de los pies había hecho desaparecer la pregunta por la identidad de aquella mujer sensual y espiritual a la vez. Como si me estuviera hablando de un secreto arcano, señaló las perlas y me preguntó si las reconocía, mientras miraba con recelo hacia su marido o prometido o lo que fuese. Parecía hablarme como si aquel hombre que había sido conocido mío fuese un maltratador y ella una joven gacela atrapada. De modo que cuando ella vio que yo no podía responder a su pregunta con la suficiente celeridad, se quitó las perlas a escondidas y me las dio como si fuera un camello. Cuando sentí que se acercaban los pasos de aquel hombre -sin duda, un capullo que no se merecía- cogí las perlas, las guardé como si se tratara de droga en el bolillo trasero del pantalón y me fui por la puerta más cercana a aquel excusado.

Mientras camina Rambla abajo me invadió la sospecha de que aquella mujer había sido paciente mía, y que el reconocimiento del hombre quizá había sido un fenómeno de proyección. Me desvié hacia un colmado donde solían darme un chato de vino del año y una espardeña.

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