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jueves, febrero 22, 2007

El asunto Wittgenstein (II, 4)

En ese mismo instante Terence Collingwood y William Beck, dos jóvenes pasantes enviados por el bufete QH&H aterrizaban en Barajas con una demanda del secretario de Estado para presentar en la embajada británica. Ya en Recoletos un funcionario con caspa registra su entrada y les pasa a una salita. Una mujer entra por una puerta lateral con la petición amarilla en una mano. La voltea mientras saluda a los dos jóvenes que no pueden reprimir su alegría por la solicitud de sus compatriotas:

- Miren, estos requerimientos se han hecho tan habituales que el CNI nos deja consultar ese tipo de datos desde nuestro moodle, dice mientras abre un ordenador portátil de la mesita que está frente a ellos.
- Huele bien aquí, dice Collingwood y recibe un codazo de Beck. La mujer no les escucha.
- Su nodo es este, una población costera del levante. Se levanta resuelta y espera que la impresora escupa el papel y el recibo. Firmen aquí, por favor. Buenos días.

Los dos jóvenes cogen un taxi inmediatamente. Se sienten protagonistas de un filme de Bond y no dudan en aplaudir las destrezas al volante del taxista. Están animados y hasta conversan con él.

- Debe usted saber, señor, que tenemos una misión largo tiempo acariciada por la empresa que representamos. Nos urge encontrar a Paul Paltrow y solicitarle, con una generosa oferta económica, cuanta información tenga que pueda llevarnos hasta las posesiones extraviadas del Señor Wittgenstein.
- Boeeh, contesta el taxista.

A parte de este monosílabo el conductor apenas había mascullado unas palabras cuando pararon a comer. Después de pagarle y antes de poder asimilar el sol que azotaba sus cabellos, se encontraron un escenario dantesco: la casa estaba acordonada por las fuerzas de seguridad y había un intenso olor de pólvora. Desazonados buscaron un hotel, donde, junto con la comida, dieron cuenta de una jarra de sangría y vieron las noticias del día en la televisión. La información era un poco menos escueta que en la noche anterior: se había producido un tiroteo entre bandas rivales de las mafias que tanto abundaban en la costa. Que a un cadáver le hubieran cercenado un dedo de su mano indicaba, sin duda, la brutalidad de la que normalmente hacían gala las mafias del este en sus ajustes de cuentas. Oyeron cómo alguien en el restaurante empezó a hablar del tiroteo en perfecto inglés. Era uno de los vecinos de la zona, que había acudido al bar del hotel, que al parecer era punto de encuentro de un grupo de jubilados británicos de la zona. Los inexpertos pasantes se sumaron al grupo. Unos gin-tonics después se habían ganado la confianza y el aprecio de sus contertulios y se animaron a hacerles unas tímidas preguntas. -¿Conocían a un tal Paul Paltrow. -Debía ser el nuevo - contestaron. Llego hace unas semanas. Muy antipático, no hablaba con nadie. Sí, antipático pero se ligó a Vanesa. -Vanesa? - Preguntaron los abogados. Si una actriz porno que vivía en la urbanización. Se hacía llamar de otra manera pero todos la conocíamos. Suponemos que no quería que nadie la conociera por que hace unos meses desapareció y dejó de hacer películas. Fue muy comentado en internet. Y los viejos rieron. Matías, tras la barra, añadió: Naturalmente no le dijimos nada porque… ya sabe... y acercando su colorada nariz a la del abogado Collingwood, bajo la voz y guiñándole un ojo dijo: no deberíamos conocerla. Todos rieron. Además, ya era bastante guapa, para que encima nuestras mujeres supieran que era actriz porno… nos obligarían a vender el chalet. Los viejos continuaron con sus risas y, relamiendo sus gin-tonics, hicieron sonar ostensivamente los cubitos de hielo contra el cristal y miraron inquisitivos a los abogados, quienes tardaron unos segundos en reaccionar. - Ah si claro, perdonen y pidieron al camarero una nueva ronda de bebidas para el grupo de ancianos. - Y dicen que el tal Paltrow se la ligó. - Bueno si era Paltrow no sé… -dijo uno de ellos- ...el caso es que el nuevo y Vanesa se fueron esa misma mañana con el mercedes de ella. Cargaron las maletas y se fueron. -¿Y sabe dónde fueron..? Todos encogieron los hombros o negaron con la cabeza y aprovecharon para sorber sus gin-tonics. Pero uno de ellos dijo: - A París. Todos le miraron. Sorbió de su vaso y con naturalidad dijo: A París. Mi mujer les oyó hablar en el zaguán de la casa de ella. Él le quería comprar el coche y ella le dijo que no se lo vendía, que se iba con él a París. - Que suerte dijo uno de los viejos y los demás exhalaron y profirieron algunas otras expresiones de admiración. - Claro, a París, dijo otro anciano dejando su copa de porto sobre la mesita, Vanesa tiene un ático de lujo en París. Todos le miraron inquisitivamente. Sí os fijáis en las ultimas películas de Vanesa, por la ventana se ve la Torre Effiel. Y todos rieron. Todos menos los abogados. Uno de ellos extrajo su PDA y empezó a redactar un mensaje para Londres: Nos vamos a París. Busquen dirección de una tal Vanessa V, y tras dudar un momento, escribió: artista.

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