Feliz es sólo el hombre bien templado, Que del hoy se hace dueño indiscutido, Que al mañana increparle puede osado: «Extrema tu rigor, que hoy he vivido»
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domingo, mayo 06, 2007
La Pelota de Pol
Tenemos en casa una pelota de trapo que le regalaron a Pol. Lleva cuatro días en el balcón, (la pelota, no pol) soportando la lluvia, el viento y el frio. Y no puede estar dentro de casa, con nosotros, o con el resto de juguetes, por su culpa. Cuando nos la regalaron era una simpática pelota de trapo, pintada a rayas de vivos colores, que permanecia quieta y callada mientras nadie le hiciera nada. Cuando la golpeabas o la arrojabas con fuerza contra suelo o paredes (o hermanas) se activaba algún mecanismo en su interior y empezaba a sonar una alegre tonadilla, Piitipitipiiiiiiiiiiiii, Pitipitipiiiiiiiiiii, que hacía las delicias de pol, y no importunaba al resto de la familia. La melodia duraba unos segundos, quizas un minuto, pero cesaba. Siempre callaba. Pero un día, sin mediar motivo ni provocación, empezó su estridente y odiada música, y ya no paró. Durante varias horas la pelota dió vueltas por casa. Recibió golpes, apretones, estrujones, a ver si se arreglaba y callaba, pero no hubo modo. El Piitipitipiiiiiiiiiiiii se hizo insoportable. El volumen de la tele subía y subía en un vano intentó de contrarrestar. Sin querer nos volvimos irascibles y tensos. Dado que no había forma de acceder a su interior, de llegar al mecanismo sin duda estropeado que había roto nuestra paz familiar, pensé en destriparla. Coger una cuchillo, hacer una incisión, llegar al maléfico artilugio sonoro, y acabar con el de una forma rápida, pero dolorosa (para él). Mi mujer me detuvo. Me convenció que antes que la violencia, la paciencia. La podíamos sacar fuera, al balcón, y esperar que se acabara la pila. No podía durar mucho, pensamos. Lleva cuatro días. A veces, en el silencio de la noche, la oigo. Cuando abrimos una ventana la oimos. Supongo que los vecinos la oyen. La primavera es especialmente turbulenta este año, y ha soportado estóicamente intensas lluvias y el azote de frios vientos marinos. Nada la ha desanimado, nada la ha convencido de cesar con la infernal músiquita. Esta mañana mientras desayunaba, la veía ahí, triste, sola, en el suelo de nuestro pequeño balcón de la cocina, mojada por la humedad de la mañana y cantando, insaciable, su canción. He pensado que en muchas ocasiones las personas nos comportamos igual. Sabemos hacer algo. Lo hacemos bien. A la gente le gusta, a nosotros también, así que lo hacemos más. Y seguimos haciendolo cuando ya a nadie le hace gracia, cuando a nadie le interesa, o peor, cuando les cansa o molesta. Ya no quieren oir nuestras historias una vez más, no quieren vernos hacer los mismos gestos ni suportar los mismos humores y emociones de siempre. Y nos apartan, nos sacan de sus vidas. Muchos reaccionan en ese momento. Comprenden que deben cambiar. El sentido común le llama "saber parar". Pero otros no saben cuando parar. Y se quedan en el balcón, ateridos de frio, con los huesos calados por el temporal, repitendo los viejos hábitos que le han llevado hasta allí. Por tanto, el moralista matinal debe detenerse de vez en cuando, mirar en rededor suyo, y darse cuenta de qué es lo que va mal, ¿estoy en el balcón?, saber qué es lo que no consigue cambiar, ¿por qué no estoy dentro?. Y dejar de hacer las cosas que ha hecho hasta ahora o empezar a hacerlas de otro modo.
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1 comentario:
Extraordinario.
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