
El mal monje
De los claustros antiguos sobre los grandes muros,
mostrábase en retablos la sagrada verdad,
que al penetrar caldeando los corazones puros
aliviaban el frío de aquella austeridad.
Y cuando la simiente de Cristo florecía,
más de un sabio enclaustrado, hoy echado en el olvido,
por taller, solitario camposanto escogía,
la gloria de la muerte consagrando sin ruido.
Mi alma es como una tumba que igual que un cenobita
desde la eternidad mi propio ser habita;
nada embellece el muro ni limipia los abrojos.
¡Oh, tú!, monje holgazán, ¿cuándo sabré yo hacer
del viviente espectáculo y el triste padecer
la labor de mis manos y el amor de mis ojos?
[LAS FLORES DEL MAL, IX]
De los claustros antiguos sobre los grandes muros,
mostrábase en retablos la sagrada verdad,
que al penetrar caldeando los corazones puros
aliviaban el frío de aquella austeridad.
Y cuando la simiente de Cristo florecía,
más de un sabio enclaustrado, hoy echado en el olvido,
por taller, solitario camposanto escogía,
la gloria de la muerte consagrando sin ruido.
Mi alma es como una tumba que igual que un cenobita
desde la eternidad mi propio ser habita;
nada embellece el muro ni limipia los abrojos.
¡Oh, tú!, monje holgazán, ¿cuándo sabré yo hacer
del viviente espectáculo y el triste padecer
la labor de mis manos y el amor de mis ojos?
[LAS FLORES DEL MAL, IX]
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