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sábado, octubre 20, 2007

Bellick o el Buen Massai


Mi queridísima madre, desde mi más tierna infancia, intentó, creo que con éxito, inculcarme valores que hiciesen de mí un hombre de principios y útil a la sociedad. Como siempre he sido algo zoquete, mamá utilizó toda una serie de maquiavélicas estrategias para transmitirme lo que ella denominaba la "sabiduría vital básica": desde el uso sistemático del cinturón que mi padre se dejó en casa el día que se largó con la furcia de mi tía hasta la narración de antiguas historias con moraleja, entre otras cosas. De estas historias, una en particular marcó definitivamente mi manera de pensar y de actuar, la historia del joven Moloko.
Cuando su padre, aquella templada mañana del inicio del monzón, le ofreció su lanza y le señaló el horizonte donde una gran nube de polvo indicaba la llegada de las primeras manadas de ñus y cebras, no supo si alegrarse, se suponía que aquel era el momento más importante de su vida, o entristecerse. Partió junto a seis guerreros con los primeros rayos del sol y regresó muy poco antes del anochecer. Lo que vio y vivió aquel día le maravilló. Sentado junto a la gran hoguera encendida en su honor revivió sus primeras horas como guerrero Massai y cuando el hombre santo, Mereses, le preguntó qué había aprendido aquella jornada, Moloko respondió sin dudar: "Si la cebra quiere salvar su vida, debe correr más que el león". El murmullo de desaprobación de sus compañeros guerreros y la colleja que le soltó el hombre santo, hicieron comprender a Moloko su error. "Si la cebra quiere salvar su vida, debe correr más que otras cebras" replicó Mereses mientras se alejaba agitando la cabeza.
Así, amigos, en esta vida, o pisoteáis o sois pisoteados. Podéis hacer caso al tarado de Patoshik e ir repartiendo amor y esperar a que os den por el saco o podéis escuchar al viejo Bellick y ganaros el respeto de los demás a base de pelotas. A mí no me ha ido mal.

1 comentario:

Paul Paltrow dijo...

Cuando se acuesta bajo el lecho estrellado del cielo africano el león hambirento piensa que al día siguiente se levantará pronto para sorprender a las cebras antes de que se levanten. A unos kilometros de ahí, una cebra intenta conciliar el sueño pensando en el duro día que le espera mañana, huyendo de la manada de leones cercana, de cuya presencia les ha alertado la suave brisa que se ha levantado al atardecer en la sabana. La moraleja es que da igual que seas León o Cebra, lo importante es que cuando salga el sol ya estes corriendo.