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viernes, noviembre 23, 2007

El cuaderno azul (12)

16-dic-1994: He conseguido agotar el trabajo en la Bodleian; ya nada me resta hacer aquí excepto lo que he deseado tanto desde que llegué. Caminar como lo haría Rousseau, como lo hacía Wittgenstein, como consuelo, como plegaria, para observar y no dejar de observar, hasta alcanzar la lucidez cómica y ligera que me otorgue la compasión por los de mi condición, la comprensión sub specie aeternitatis, los rostros que ya han sobrevolado esta cordillera en que encuentro y se aventuran más allá de sus fuerzas, los que abandonaron el sacramento del búfalo y zarandean sin éxito a los presos, los liberados, los que no ven de igual modo, como aquel que vi en un instante, inmenso y profundo como una sima, triste a pesar suyo porque no quiso mentir, pero me hizo vibrar con un hachazo: miradas fulgurantes, gestos inaprensibles de desheredados que no tienen mensajes ni regalos sino un tono que brilla de lo alto y que te obliga a andar, a no dejar de andar, a volver de otra forma a como has llegado.

19-dic-1994: La invención de conceptos ficticios necesaria para conocer los conceptos con los que pensamos. (Si alguien dijera con luz ténue: "esto es un hierro de madera", cometería un error gramatical y no necesitaríamos la luz del día o una luz más intensa para demostrárselo). Así podría decirse que toda falsedad tiene una forma falsa aunque no hallamos encontrado su error gramatical. La diferencia entre la verdad y la falsedad es la diferencia entre lo arbitrario correcto y lo arbitrario incorrecto. La visión correcta utiliza una gramática que te lleva al sitio deseado. La dificultad de lo falso estriba en que el engaño está oculto como engaño (el hierro de madera es un error manifiesto, una incorrección resuelta). La realidad no hace verdadero a falso a ningún concepto; es la utilización del concepto de realidad en la gramática lo que en ocasiones puede ser útil para decidir la verdad. Por ejemplo: llueve. Pero de nada me sirve el mismo tipo de verificación en la frase: cállate. Por eso decía Wittgenstein que la filosofía debe luchar en contra del lenguaje, deshacer los nudos que ocultan incorrecciones que nos hacen asumir "hierros de madera".

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