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lunes, julio 07, 2008

Cuán frágil la memoria

Este tiempo que le había robado al diablo: Deshojando las verdades, agrietando los pináculos, mereciendo la tierra que pisaba. Que podía quejarme como el Menón por Diótima de Hölderlin: “¿No estoy sólo pues? Pero un algo amistoso debe desde lejos llegar hasta mí. Y debo reír. Y asombrarme de cuánta ventura encuentro aún en medio del dolor”.

Que paladeaba a Paul Celan su

Estar a la sombra

De la llaga en el aire.

No-estar-ni-por-nadie-ni-por-nada.

Incógnito,

Solamente

Por ti.

Con todo lo que cabe dentro,

Sin lenguaje también.

Y en la tarde tibia escribir sin un lamento

De tu vida

Rota y lineal

Poliédrica

Le quedan las ganas

De una placenta

No enterrada e ignota,

Tierra igual a sí misma

Temerosa de un saber

No mundano.

El tiempo sordo

Mirándose los pies

Sin guardar ningún secreto.

Este tiempo en que leí como un secreto aquel fragmento de un libro de Guardini que me susurraba al oído: “Tu vida es un trozo de totalidad. En cuanto participas del todo y te entregas quedas saciado pero siempre hay un resto: la vida es trágica por naturaleza. Te podría decir: esta exigencia de Absoluto es una astucia de la vida para mantenerse en juego; esa exigencia solo es o la sensación de tu energía malinterpretada –una euforia maniática o estéticamente como un espectador universal; o por decisión de la voluntad en forma de imposición estoica de sí misma”. Aquella nochebuena que te dijeron en un pasillo blanco: “todo hombre tiene sus momentos brillantes; vigila si tú ya los has tenido”, y mi soledad respondío: “me niego y abomino de los contables de la felicidad y su concepto de suma cero; me niego a recibir lo que no debo; niego al Dios de mi cerebro que me arde y amo al que corre por mis venas, y si callo es porque ellas no me han dado su lenguaje, y si me veis a oscuras es porque espero que un día me den el secreto de su ritmo o callen.” Aquella risa atenta, aquella sobria ebriedad, aquella locura impune, que te comprendía, que te bendecía, cuando despertaste en la navidad temprana del día siguiente. Mirando por la ventana se te reveló el modo en que tenemos de estar en el mundo. No un instante perfecto. Tampoco un “me lo imaginaba”, o “me lo temía”. La mezcla de una decepción y sorpresa, cuyo contenido ya expresó Séneca “hay que aprender continuamente aquella lección que no podemos saber si la hemos aprendido o no”.

Después de este tiempo al decir de Baudelaire, [Las flores del mal, III, Elevación ] “Después de los hastíos y de las hondas penas / Que abruman con su peso la existencia dudosa ,/ Feliz aquel a quien un ala vigorosa /Lanza hacia las regiones ardientes y serenas. / Tú que al igual que las alondras elevas tus ideas, / Y el cielo matinal en un vuelo saludas, / Comprendes sin esfuerzo, sobre las cosas feas, / El habla de las flores y de las cosas mudas”, y como añoraste el hedor de esas cosas feas no llores como un niño el tiempo de esas flores; ten presente al viejo en sus consejos, cual Lucilio, cual romano amante de las letras, y atiéndelo de nuevo: “Esto es una realidad: se te acosa. Date prisa y escabúllete; retírate a un puesto seguro y después piensa cuán hermosa es la gesta de consumir la vida antes de la muerte, para luego esperar con calma el tiempo que a uno le resta la vida, sin reservar nada para sí, una vez afianzado en la posesión de la vida feliz, que no resulta más feliz porque sea más larga. […] Te deseo el dominio de ti mismo, que tu espíritu, al que un pensamiento fluctuante ha perturbado se mantenga firme y esté seguro, que encuentre satisfacción en sí mismo y que, una vez reconocidos los bienes verdaderos, cuyo reconocimiento lleva emparejada su posesión, no tenga necesidad de que se le proponga la existencia. Aquel que vive después de haber consumado su vida ha superado, por fin, las necesidades, y se halla exonerado y libre” [SÉNECA, Cartas a Lucilio, IV, 33].

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