Feliz es sólo el hombre bien templado, Que del hoy se hace dueño indiscutido, Que al mañana increparle puede osado: «Extrema tu rigor, que hoy he vivido»
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martes, febrero 24, 2009
Actitud que debemos adoptar ante el sufrimiento de los que nos rodean: hasta el corazón licuado
"Frecuentemente surge una situación en la que corremos el riesgo de perder la paz interior: cuando una persona cercana se encuentra en circunstancias difíciles. A veces sentimos más preocupación y angustia por el sufrimiento de un amigo o de un niño, que por el nuestro. En sí, es un hermoso sentimiento, pero no debe ser motivo de desesperación. (...) Por legítimo que sea nuestro dolor, hemos de permanecer serenos. El Señor no nos abandonará: ¿Puede acaso una mujer olvidarse de su hijo que amamanta, no compadecerse del fruto de sus entrañas? ¡Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaría! (Is. 49, 15). Lo mismo que debemos distinguir entre la verdadera y falsa humildad, entre el auéntico arrepentimiento y el falso -los inquietantes remordimientos que nos paralizan-, hemos de saber distinguir entre lo que podríamos llamar verdadera y falsa compasión. (...) Mientras que por naturaleza somos duros e indiferentes, el espectáculo de la miseria del mundo y el dolor de los hermanos arrancan lágrimas a los santos cuya intimidad con el Señor ha hecho líquido su corazón. La compasión de los santos, por dispuesta que esté a compartir y aliviar la miseria, siempre es dulce y reconfortante. Nuestra compasión suele ser inquieta y confusa. Tenemos un modo de implicarnos en el dolor ajeno que no siempre es el adecuado, que a veces procede más del amor propio que de un amor verdadero. Creemos que está justificada nuestra preocupación por alguien que está en dificultades, que es una prueba del amor que sentimos por la otra persona. Pero eso es falso. Generalmente, es esta actitud se oculta un gran amor propio. No soportamos el sufrimiento ajeno porque tenemos que sufrir nosotros: también en este caso nos falta confianza en Dios. Es normal que nos sintamos profundamente afectados por el sufrimiento de un ser querido, pero si por este motivo nos atormentamos hasta el punto de perder la paz, significará que nuestra amor por esa persona no es todavía plenamente espiritual. Aún es un amor demasiado humano y sin duda egoísta, insuficientemente basado en una inquebrantable confianza en Dios. Para que la compasión sea verdaderamente una virtud crisitiana debe proceder del amor (que consiste en desear el bien de la persona a la luz de Dios y de acuerdo con los planes divinos) y no del temor (miedo al dolor, miedo a perder algo). De hecho, con demasiada frecuencia nuestra actitud ante los que sufren en nuestro entorno está más condicionada por el temor que fundada en el amor. Una cosa el cierta: Dios ama a nuestros prójimos infinitamente mejor que nosotros. Desea que creamos en ese amor y que sepamos también abandonar en sus manos a los que amamos. Y, con frencuencia, nuestra ayuda será más eficaz" (Jacques Philppe, La paz Interior, IX).
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