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sábado, febrero 28, 2009

El yo dividido (1)

Cualquier persona que haya cursado estudios sabrá de inmediato la razón por la que yo los abandoné cuando tenía casi 16 años. Por la misma razón todos aquellos que trabajan para pagar sus deudas y mantenerse a flote entenderán el hecho de que yo no lo haga. Aún así podría hablar de su heroísmo callado, de su abnegación diaria y de sus pequeñas compensaciones, y, por qué no decirlo, de la gran protección que les rodea cuando han creado su familia. Todas las preocupaciones que esta trae consigo no consiguen desequilibrar la necesidad gregaria que poseemos, el miedo a una vida desperdiciada. La especie, de esta forma, consigue acoger la pobreza del individuo y hacerlo digno de la gran cadena de las generaciones. Por eso todo aquel que haya tenido alguna vez cojones de escribir algo que pueda interesar incluso a un alma dormida, encontrará mi relato obscenamente provocador o poco edificante.
Todo empezó cuando empecé a sospechar que la necesidad que atribuimos a nuestra vida es, digámoslo así, bastante deplorable. Entonces empecé a escribir para que de una vez por todas se dejara de escribir, para auyentar las torpes narraciones en que nos convertimos y descubrir el desnudo, no el esqueleto, sino la vergüenza a que cualquiera se vería sometido si se le privase de esa auto-narración. Me ensayé para defenestrar cualquier intento de ensayo, y si pudiera gritar lo haría para que ningún ruido lo superase. No piensen en un tosco nihilismo. Kierkegaärd me enseñó a entrar a la sala de operaciones por la puerta de atrás. Pueden llamarme un outsider, pero antes consideren que todos esos gilipoyas son un elemento más del equilibrio en que permanece el mundo de las interpretaciones. No quiero situarme en ningún lugar de la balanza, ni contrapesar, ni adueñarme de una nueva región en la que cada montaña posea su valle. Tan sólo quiero sugerirles que no hay un más allá entre el vaivén de la tempestad y la calma. Que todo aquello que fingimos para alertarnos cuando la novedad se adueña de nosotros es tan válida como el que la busca para hacerse propietario de ella y hondear su bandera de victoria que le hace superior a los demás.
Desde que dejé de llevar una vida convencional una fuerza devastadora me arrastró a una enfermedad mental a la que probablemente pongan mi nombre.

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