Seguidores

sábado, marzo 07, 2009

El yo dividido (3)

Es entonces cuando se produce un revuelo en torno mío. De un centro a otro cada vez más médicos preguntan y discuten, registran mis palabras como si estuvieran delante de un oráculo, así me empiezan a llamar, y comienzan los verdaderos problemas. Los sueños son cada vez más vívidos pero mi estado de vigilia comienza a ser un tormento para mí, un estado nervioso que me hace insoportable permanecer despierto, tiemblo en un principio y después el cielo se me cae encima. Han de serdarme con bastante regularidad. Despierto de improviso, como si otro fuera el que estaba dormido. "Es como si se tratara de un don divino", escucho a mis amigos de la bata. Luego, tras quitarme los sensores de mi actividad cerebral, me dejan darme un buen desayuno. Y, en seguida, las sesiones. Me resultan enormemente molestas y lo único agradable de las mañanas que puedo mencionar es el paseo por el jardín. Andar lentamente me permite encajar el primer ataque. Siento desvanecerme a mí mismo mientras todo mi alrededor adquiere un aire amenazador. Es el primero y me devuelve al tiempo en que dejé todo lo que tenía y comencé a andar sin descanso acuciado de preguntas. Pasé varios meses hasta domesticar un recorrido de unos treinta kilómetros a la redonda que me permitía sentir pequeñas dosis de inocencia o de ingenuidad. Los mismos sitios, uno tras otro, con el mismo orden, distintos cada vez siendo lo mismo. Saber que no era yo sólo el que cambiaba. Me sosegaba compartir mi culpabilidad de no poder nacer ni renacer.

No hay comentarios: