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Una sirena aulló en la distancia y sonaron campanas. Un jugador con suerte acababa de acertar un jackpot y el estruendo servía para recordar a todo el mundo lo fácil que resultaba ganar. El camarero llenó un vaso con cerveza presión y lo puso ante Baxter con un golpe seco.
- ¡Por cuenta de la casa! – Anunció - ¡ Super Slot Jackpot!.
Una ronda gratis para todos los clientes del bar, pero no había nadie salvo Baxter, que estuvo a punto de decir: “Llévesela, amigo. He dejado la bebida.” Pero el camarero había desparecido, y además habría sonado tonto. ¿Cuántos abstemios se metían en el bar de un casino a las tres de la tarde?
El vaso estaba helado; la cerveza, también. Era de un color un poco más oscuro que de costumbre, y Baxter miró la marca en el escanciador: Nevada Pale Ale. Nunca la había probado. Sintió la boca seca, de modo que bebió agua. Durante ciento cinco días, el doctor Boone y su equipo le habían metido en la cabeza la idea de que un solo trago bastaría para devolverlo a sus antiguas adicciones. Había observado y escuchado a otros pacientes que se estaban desintoxicando contar sus relatos de repetidos fracasos, y todos decía lo mismo: no había que engañarse, resultaba imposible controlar un solo trago. Hacía falta observar una total abstinencia.
Quizás sí.
El vaso se cubrió de pequeñas gotas de condensación que resbalaron y humedecieron la servilleta que había debajo.
Tenía veinticinco años y nunca había creído de verdad, ni siquiera en su mayor entrega en Washoe, que sería capaza de pasar el resto de sus días sin volver a probar una gota de alcohol. En lo más profundo de su ser sabía que tenía la fuerza de voluntad suficiente para tomarse una copa, puede que dos, y dejarlo ahí antes de que la situación escapara a su control. Si realmente pensaba volverá a beber, ¿por qué no empezar ya? La última vez estuvo catorce días torturándose hasta que finalmente cedió, dos semanas en las que se mintió a sí mismo y especialmente a sus amigos acerca de las delicias de la vida de abstemio mientras no pasaba un segundo sin que anhelara un trago. ¿Por qué volver a pasar por lo mismo?
La cerveza se estaba calentando.
Oyó las voces de sus consejeros. Recordó las lágrimas de las confesiones de los demás internos. Se oyó proclamando la letanía del abstemio. “Soy un alcohólico, débil e indefenso, necesitado de la fuerza de un ser superior”.
Y sí, los otros perdedores encerrados en Washoe Retreat eran débiles; pero él no. Él podía tomarse unas copas porque era fuerte. Consideró un montón de razones para convencerse de que nunca, por ningún concepto, volvería a sucumbir a los encantos y horrores de la cocaína y tampoco a los de los licores más fuertes. Solo una cerveza de vez en cuando y quizá un poco de vino.
Pan comido.
A pesar de todo, no se sentía capaz de alargar la mano y tocar el vaso. Se hallaba a menos de medio metro, perfectamente a su alcance, quieto, igual que una serpiente de cascabel lista para morder. Entonces e convirtió en una delicicosa tentación que le produjo un agradable cosquilleo. Un vaivén. El mal contra el bien.
“Tendrás que hacer nuevas amistades – le había repetido incontables veces el doctor Boone-, no puedes volver a tus antiguas costumbres. Busca nuevos lugares, nuevos amigos, nuevos desafíos, un nuevo sitio donde vivir”
“Bueno, ¿y qué me dices de esto, Doctor Boone? Estoy sentado por primera vez en un mugriento casino de Reno del que no recuero ni el nombre. Nunca había estado aquí antes, ¡ja, ja!”
Tenía las manos desocupadas y encima de la mesa; y en un momento dado, se dio cuenta de que la derecha le temblaba ligeramente. Además su respiración se había hecho pesada y jadeante.
- ¿se encuentra bien, amigo?- le preguntó el camarero lal pasar.
Sí. No. Baxter se asintió confusamente, incapaz de hablar. Tenía los ojos clavados en el vaso de cerveza. ¿Dónde se encontraba’?. ¿Qué estaba haciendo? Apenas seis horas después de haber salido de ciento cinco días de desintoxicación y ya estaba sentado en un bar, luchando consigo mismo sobre si tomarse o no una cerveza. Sin duda era un perdedor. Solo había que ver dónde se hallaba.
Alargó la mano izquierda y tocó el vaso y lo deslizó lentamente hacia él. Se detuvo cuando lo tuvo a quince centímetros de distancia. Le llegó el aroma de la cebada. El vaso seguía frío o al menos lo bastante frío.
La lucha entre el bien y el mal se convirtió en una lucha entre quedarse y marcharse. Estuvo a punto de conseguir levantarse, arrancarse de la barra y correr por entre las máquinas tragaperras hacia la salida. A punto. Curiosamente, fue Keefe, quién le ayudó a tomar una decisión. Keefe había sido su mejor amigo en Washoe. Keefe provenía de una buena familia que le estaba pagando su tercer tratamiento de desintoxicación. Los dos primeros habían fracasado cuando se convenció a sí mismo de que un simple canuto no podía hacerle daño.
Baxter murmuró para sus adentros: “Si me tomo esta cerveza ahora y las cosas no me salen como espero siempre podré volver a Washoe y mis dos fracasos me habrán convencido de que es necesaria una completa abstinencia. Como Keefe. Pero en este momento necesitaba esa cerveza”.
Cogió el vaso con ambas manos y lo levantó lentamente, oliendo su contenido a medida que se le acercaba. Sonrió cuando el frió vidrio tocó sus labios. El primer sorbo de Nevada Pale Ale le pareció el néctar más maravilloso que había probado en su vida. Lo saboreó con los ojos cerrados y expresión extática.
Alguien gritó a pleno pulmón a su espalda.
- ¡Ahí estas Baxter!
John Grisham. La Trampa. 2009.
1 comentario:
La última y si no, siempre podré volver a Washoe.
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