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jueves, julio 29, 2010

El asunto Wittgenstein IV, 3

Desde luego, Shephard no se encontraba orgulloso de sí mismo. Cuanto atravesaba por el aire el canal de la Mancha había conseguido 100.ooo libras y una magulladura en el pómulo que le había hinchado el ojo como un globo. La labor de un día, se dijo, de un día de traición. Pensaba en el dinero que le había percutido en el plazo de doce horas y calculaba que el asunto era más serio de lo que parecía. Aterrizando en Heathrow no conseguía despegarse de la idea de que algo grande se le había escapado, no sólo en términos monetarios sino en algo que había echado a perder y que no podía recuperar. Claro que ya no iba a ser solicitado como abogado de los Paltrow, pero no era eso lo que le molestaba. Después de pagar el taxi entró en casa. Dribló a sus dos hijos que peleaban en el hall por una galleta. Saludó a su mujer. "No me preguntes nada". Eso significa tomar un té mirando por la ventana al diminuto jardín mientras su esposa le observaba. "Qué he ganado y qué he perdido", se preguntaba. "Qué significan los Paltrow para mí, ese viejo loco que en paz descanse y su hijo que debería estar en un psiquiátrico". Recordó el día en que Paul Paltrow se despidió de él regalándole su coche y encargándole la administración de sus bienes que consistían en una casa vendida en Hampstead, diez mil acciones de France Telecom y la pensión de la señora Paltrow que probablemente se encontraría en las Bahamas tomando daikiris. "Qué soy o en qué me he convertido". Negó con la cabeza cuando su mujer le ofrecía más té. - Voy a acostarme un rato. Reclinado en la almohada le vino a la cabeza la canción de The whole of the Moon. Comenzó a tararearla. Sí, él no había traspasado la línea que separa lo doméstico y lo salvaje, de lo previsible y lo inveterado.

Nuestros dos pasantes hicieron sus deberes. Subieron a un taxi que siguió como pudo al mercedes en el que huía su objetivo. Pero lo verdaderamente temible de aquella cena fue la reacción de los hombres de Vlad. Se habían puesto nerviosos al constatar que no eran los únicos que seguían a los mismos. Pero poseían la información que habían conseguido escuchar a través de un amplificador portátil. Informaron sobre la próxima parada: Viena. Vlad preparó todo como si de ello le fuera la vida. Contrató mercenarios en todas las estaciones de servicio a 50 kilómetros de Viena de la autopista en la que viajaban Paltrow y Bárbara. Se estaba haciendo todo demasiado complicado de modo que decidió traerse a su testaferro a un lugar seguro en contra de su voluntad.

Y eso es lo que pasó. Antes de que los Delta hubieran identificado el objetivo Vanessa entró en restop de una gasolinera a 30 kilómetros de Viena para tomar un café. Paltrow rellenaba el depósito. Antes de que le llegara el turno Vanessa fue dirigida a punta de pistola a un audi A6 que salió dejando la huella negra de los neumáticos. Paltrow esperó unos minutos apoyado en el capó del coche. Cuando entró para buscar a Vanessa algo le decía que ya no la encontraría. Un vacío gélido recorrió su cuerpo. Apretó su manos arrugando la dirección del judío de Viena que supuestamente debía darle alguna pista sobre aquella carta. Subió al coche y condujo sin mostrar el más mínimo interés por los rádares que le fotografiaban cada 10 kilómetros. Cuando entró en Viena le pareció sucia y despiadada. Eran las tres de la madrugada. Paró en un seven eleven. Tomó un café humeante y compró un mapa. Tendría que esperar hasta la mañana para seguir la pista que ahora consideraba vital. Pero ahora estaba solo. Gritó en su interior. Entró en el coche y se dejó mecer por las sirenas de ambulancias que pasaban por aquella calle céntrica hasta que le venció el sueño. Nada le impidió observar un jeep con los cristales tintados que aparcó sin que nadie saliera de él a 2oo metros ni mucho menos pudo dejarle de llamar la atención el BMW blanco que tenía iluminado TAXI PARISIEN, detrás de dos coches de donde se encontraba.

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