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jueves, julio 29, 2010

El asunto Wittgenstein IV, 4

Me deshago por dentro. Duermo con la vista puesta en el vacío que hay a mi izquierda. Duermo unos minutos y me alarmo. Todas la luces de la ciudad son igualmente intolerantes con el que llega. No puedo soportar esta pérdida, no, ésta no. Decidí dejarlo todo y todo se me fue dado. La gente no sabe lo que dice cuando hablan de amor y lo saben cuando callan. Debo relajarme. Salgo del coche. No. Voy a fingir que me duermo. Un taxi de París. Un jeep que dice a gritos que me está siguiendo. Cierro los párpados. No quiero soportar más este momento. Llega la voz de mi padre como si me hablara al oído: "Schubert, escucha a Schubert". Qué cojones. Ya estoy harto. A mi padre se le fue la pinza. A Wittgenstein se le fue la pinza. Schubert o la droga para seguir de pie, para acostarse cuando llega la noche y para levantarse al día siguiente. Cuántas veces utilicé esa droga, cuántas veces el piano de fondo me dio aliento para levantarme un día más. "Schubert o volverese loco", me repetía una y otra vez. La melodía de fondo, el arte de cuadrar lo imposible sin darte de beber lo posible, la fuerza para un paso más antes de desbaratarlo todo, el olvido justo para que tus recuerdos no sean los de cualquier otro. Traté de concentrarme en la Wanderer Fantasie, en su inspiración secreta. No sé si dormí más de una hora. Abrí los ojos y me asusté de toda esta locura. Había conocido a Bárbara y nunca había experimentado tal felicidad ni necesidad de fingir ante alguien. Y ahora lo había perdido todo. Entre la desesperación y yo sólo estaba el papel que conservaba en el bolsillo con un nombre y una dirección: Dr. Malebranche, Kirchberg Strasse 4. Miré el mapa. Apenas habría unos veinte minutos hasta allí. Eran las 6 de la mañana. Me sentía afligido y frustrado pero todavía conservaba un papel que tal vez no me serviría para nada. Caminé con firmeza. Una, dos, tres manzanas. Me daba igual si me seguían o no. Me daba igual todo. Desde la salida meteórica del cerro parecía que algo importante tenía entre manos. Honrar a mi padre. Encontrar el segundo Tractatus. Qué tenía eso de especial. ¿Por qué hasta Shephard parecía interesado en el asunto? Tan sólo medio kilómetro. Qué importaba que me encontrara un solar vacío. El número cuatro era una frutería. Una mujer de unos cuarenta años sacaba cajas de manzanas y peras junto al portal. Pregunté por el doctor Malebranche. Mi alemán no es muy bueno, pero por sus gestos entendí que no le agradaba ni mi pregunta ni el hecho de que estuviera en el interior de la tienda. Tuve que agachar la cabeza para entrar en una habitación de unos treinta metros. Olía a fresco. Tras una barra de madera un hombrecillo parecía embebido en hacer cuentas. Me acerqué pero tuve que repetir su nombre tres veces para que me mirara por encima de unas gafas diminutas apoyadas en el extremo de su nariz. Nada de lo que le dije parecía importarle, una y otra vez bajaba la vista hacia las cuentas. Hasta que me enviaba Auster no conseguí verdadera atención por su parte. He! Se sonrió. - "¿Qué hace ese contrabandista de letras? Ha, ha. Veamos que diablos tienes que ver tú con ese mangarrán". Me hizo seguirle a una habitación interior repleta de estanterías con libros y carpetas. "¡Que qué!" Me repetía mientras giraba su cabeza hacia mí. Era inútil que le hablara. Mi alemán no era tan malo como para que me mirara de arriba a abajo repitiendo "¿¡Que qué!?. Parecía una salmodia que se repetía más a sí mismo que un intento de comunicarse. Me referí a mi padre y a su investigación sobre el segundo Tractatus. Ahora era otra cosa. Fijó sus minúsculos ojos de azor en mis ojos: "uhmmm". Se frotaba la perilla con parsimonia. "Sí, creo recordar que le vendí a ese estraperlista una carta de un filósofo vienés. Pero, uhmmm, ¿qué es lo que pide ese bribón, por qué manda a un estirado inglés a mi tienda?". Le hice saber que sólo necesitaba saber si por algún casual tenía registrado al vendedor de la carta, que era de vital importancia para mí y que cualquier remite o pista que me permitiera acercarme al contenido a los que hacía referencia aquellos papeles era lo único con lo que podría proseguir mi búsqueda. Parecía que al viejo le empezó a hacer gracia el que yo estuviera interesado en algo que había atesorado mucho tiempo. La carta provenía, como ya sabía de la cabaña, en Bergen que tenía Wittgenstein. Sólo quería que me certificara su autenticidad y que me diera una pista de a dónde había ido a parar el maletín que contenía el Tractatus. Se dio la vuelta rebuscando entre papeles. Sacó un mapa de la Europa Septentrional. "Así que el hijo de Paltrow está aquí en mi tienda, preguntándome lo que debería haber hecho él hace tiempo. ¿Sabes lo que estás buscando, hijo?". Por un momento sentí ganas de marcharme. Pero el hecho de que conociera a mi padre me mantuvo sin capacidad de reaccionar. "Sï", -le dije-, "voy en busca del segundo Tractatus". El viejo suspiró y encendió un cigarrillo que olía a rayos. "No mucha gente debe saber lo que te voy a decir. Este mundo no está preparado para eso". Agachó la cabeza hacia el mapa tras mirarme con rotundidad a los ojos. "Hay una isla en el mar Báltico, entre Noruega, Suecia y Dinamarca", y señaló el mapa: "Voalá: Anholt. Es territorio noruego aunque eso da igual porque el que verdaderamente manda es el capullo del párroco. Pertenece a una de esas sectas pietistas o presbiterianas, no te sabría decir. El tiene lo que buscas. Lo encontró en un Ferry el día que su obispo le mandó al culo del mundo. Desde entonces no ha querido moverse de allí, de una iglesia que debe tener dos parroquianos y una población tan ruda como lo pueden ser los marineros de ese mar gélido. Yo voy a verle una vez al año, pero de eso no te puedo decir nada. Sospecho por la sombra de tus ojos que algo va a ocurrir allí si vas a buscar ese maletín y que no va a ser muy bueno. Sospecho que no estás solo y creo que a ese malandrín presbiteriano o pietista le vas a hacer la pascua. Pero qué diablos; si te manda Auster algo imprevisible va a suceder y tal vez sea bueno". El viejo judío volvió a mascullar mientras me daba el mapa con la isla de Anholt redondeada en rojo. No sabía qué decirle. Saqué unos billetes pero hizo como si no me hubiera visto. Volvió a sentarse tras la barra de madera y se enfrascó en medio segundo en las cuentas. Cuando salí de la tienducha sentí que mucha gente me estaba observando. Con toda probabilidad tenía la pista definitiva del paradero del Tractatus pero Bárbara ya no estaba conmigo.

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