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lunes, agosto 02, 2010

El asunto Wittgenstein V, 5

El único que se quedó sentado unos instantes en el avión una vez hubo aterrizado fue Vlad. Estaba perplejo. Había captado claramente que su hermana y su acompañante estaban siendo perseguidos. Él se había cuidado bien de ocultarse tras unas gafas de sol y una prótesis dental. Pero a pesar de todo la vigilancia a la que estaba sujeta su hermana parecía más bien producto de unos chapuceros que de agentes entrenados. Primero la charla del tejano gordo, después las miradas indiscretas de un estrecho hombre de color que parecía homosexual, y después una pareja de palurdos que daban el cante bebiendo whisky y mirando de soslayo a su hermana. No sabía a dónde se dirigían pero decidió seguirlos a media distancia. Por un momento creyó que tal vez no le buscaban a él, puesto que en caso contrario ya le habrían reconocido sino sólo a su hermana para poder extorsionarle. Cada uno por su lado y correlativamente cogieron taxis y dieron a parar en el puerto. Como si ya no importara quién era quién se subieron en un ferry-jet con destino a Dinamarca. Ninguno de los perseguidores supo dónde iban en realidad Paltrow y Bárbara por lo que pidieron billetes para Copenhague. Cuando el barco se elevó sobre sus aletas todos se encontraban en la cubierta de proa bajo un cielo gris. Por un momento todos se olvidaron del motivo por el que estaban allí. Pierce miraba dulcemente a su secretario. Los dos lechuguinos entraban y salían con pintas de cerveza negra. Sólo Vlad cavilaba la manera en que en determinado momento debía dar el golpe. Parecía no haber muchos obstáculos para hacerse con el agente y darle a los americanos su propia medicina. Por su parte tanto Paltrow como Bárbara medían el uno al otro su propia desconfianza. Cuando el barco atracó en el puerto de Anholt Vlad ya había trazado un plan. Tal vez los americanos estaban esperando intervenir desde alguna isla cercana, pero no se iban a hacer con él o con su hermana así de fácil. Lucharía con todas sus fuerzas. Llamó vía satélite a su subordinado inmediatamente inferior y le dio órdenes de llevar allí un contingente de hombres. 15 horas fue el tiempo estimado en el que un centenar de hombres y cinco helicópteros KA-50 no les dejarían las cosas fáciles. La isla era demasiado pequeña para que se ocultaran allí. Según acababan de informar 171 personas estaban censadas en toda la isla, y un cuarto de estas vivía de la pesca del atún por lo que pasaban seis meses al año fuera de sus casas. "Un lugar donde poder operar sin demasiados testigos", se dijo Vlad mientras seguía al grupo a una distancia prudente. Paltrow y Bárbara entraron en una pequeña cantina y con ellos toda la comitiva a los que no parecía importarles ya el ser reconocidos. El se fue a las afueras del pequeño pueblo para dejar señalado con su móvil el lugar donde debían aterrizar sus fuerzas.

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