Podría ser una variación más optimista del pobre Peter Kamenzind del Juego de los Abalorios de Hesse o una narración corta del Hegel de Jena en la que tratara de ilustrar a sus alumnos la caída del Imperio Romano, y luego me explico. Se trataría de un joven que es arrancado en su pubertad por un padre juicioso e injertado en un entorno de élite en el que se alentaba el amor por la virtud y la búsqueda de la sabiduría. El joven, al que llamaremos Peter en honor de Hesse, tiene aptitudes más que suficientes para adaptarse a su nueva y pequeña sociedad que además de hospitalaria es hereditaria de tres conceptos que siempre han tenido réditos extraordinarios en la educación de sus vástagos: exigencia, sobriedad y un adecuado valor de la libertad que por no decir esotérico diremos que debía ser entendido siempre contextualmente dentro de ese sistema de incubación. De tal sistema y del tiempo que pasó en él baste lo dicho, o mejor, baste con decir que todo lo que pudiera pasar en él era absolutamente independiente de la corriente de afectividad que suele recibir una persona normal en circunstancias normales. Ese periodo no tiene nada de morboso en la medida que vivió como un ángel, y, como dice Böll, los ángeles callan. Estudió filosofía, teología, se doctoró cum laude, hizo teatro, asistió a los servicios religiosos, se aficionó al montañismo y a la lectura de las grandes obras del espíritu universal, fue sincero consigo mismo y tuvo amistades de las que disfrutó, lloró sus ausencias y algunas injusticias, pero todo eso era vivido en la generalidad, en la novena esfera aristotélica, en la privilegiada y aterciopelada antesala de una mansión en la que moraba su promesa: era relativamente feliz, ya me entienden, totalmente feliz.
Era un estúpido y ese buen Dios que ya le tenía agarrado por el cuello demostró que de verdad le amaba, porque después del tiempo suficiente para sentirse lo que era, un estúpido, no le dio el final de Kamenzind, joder, es lo que toca en cualquier novela que se precie, sino que le deja suelto ni siquiera en la perrera del palacio, el terciopelo ni nombrarlo, le deja suelto en el verdadero mundo del los hombres, en el mundo donde Dios se oculta en formas inapresables y donde no atiende a letanías. Y el ángel todo audaz, como aquel primer día, accedió de nuevo a vivir sus nuevos parámetros o a imitarlos, a creer que creía, a creer que esperaba que entre todo aquello había una continuidad, sino mundana sería de la ignota providencia y de su inescrutable bondad, y siguió callando dejando que pasaran los días. Adivinaba por el orden de los acontecimientos que nada de aquel antiguo destino de privilegios le esperaba, que de alguna forma había sido rebajado de rango. Eso le hacía sufrir en secreto y enseguida se dio cuenta de lo normal que era allí, en ese mundo, estar juntos sabiendo que nadie en realidad puede darte consuelo. Pero las mayores dificultades de nuestro héroe venían en forma de la extrañeza que le producía lo banal, o mejor, la enorme cantidad de significados que para él eran fuertes e íntimamente vinculados a su voluntad y que para los habitantes del planeta eran palabras sin sentido Eso le parecía de una crueldad intolerable y le desolaba. Pero el servilismo al que estaba acostumbrado le impedía revelarse y se adecuaba a su nuevo ambiente como Zelig a los rabinos alemanes. El creía que estaba acolchando los golpes de ese cambio, sin embargo, la realidad era muy diferente: todavía no había cambiado de mundo y todavía quería seguir que alguien viviera su vida por él, a cambio de una obediencia ciega e inteligente. Por otra parte era tan grande la distancia entre su cabeza y su cuerpo que sintió que se desposeía en vez de poseer la primera vez que reconoció el cuerpo femenino como tal, y tardó varias horas en recordar quién era. La narración de su sexualidad está plagada de infamias contra sí mismo, de culpabilidad oscura, de vacío. Se podría decir con certeza que Peter no amó a ninguna mujer con la que estuvo, ni con todo su cuerpo ni con toda su alma; por el contrario se puede dejar constancia de pequeños y abusivos maltratos emocionales que su carácter propinaba a sus relaciones sentimentales. Pero esto no es una novela rosa, lo que nos lleva el caso no es esto, sino su inadecuada adaptación o una adaptación demasiado rápida, y ahora viene Hegel. Según el alemán el imperio romano cayó porque iba demasiado bien. Cuando empezó a conquistar provincias que romanizaba con demasiada celeridad la estructura era el peor fundamento para futuras conquistas, y más cuanto más alejadas estaban. Las administraciones, fieles copias de la polis primigenia, no tenían sangre romana por sus venas. El joven Peter se adaptó tan rápido que generó lo que se llama un espíritu objetivo –lo que es el caso hacer o padecer, las costumbres- perfectamente mimético con los de su género, pero todo ese armazón no había sido anteriormente espíritu subjetivo, lo cual había de colapsar indefectiblemente. Pero lo curioso de esta pequeña historia es que la caída no fue vivida como tal, o, por le menos, no fue vivida en el tiempo adecuado. Lo que él creyó era el final de una caída no era más que el primer descalabro de toda su vida anterior, el primer movimiento de tierras que había de llevarse tras de sí todo el valle. Una frustración amorosa que no tenía más importancia –una de tantas- causó en él una honda tristeza por la ausencia de la amada que no parecía disiparse. A todas luces la cuestión no tenía sentido, debido a la desproporción de la pena con la poca preferencia que mostraba Peter por esa pobre chica cuando la poseía. Más bien, se podría decir lo contrario. El cerebro necesita nominar lo que siente y entre todos –y él mismo- se determinó que fue un desengaño amoroso, aún teniendo en cuenta que tras dos años de separación todavía podía sentir las heridas provocadas por el día fatídico en que dejaron de verse. Conforme pasaba el tiempo y se diluía el recuerdo nuestro joven ya había llegado a ser un hombre adulto, eso sí, sin pasar por las fases previstas para ellas, sin haber tenido experiencia de decidir sobre sí mismo, de modo que buscó rutinas para huir de ese espacio en el que se siente que su vida ha sido vivida por alguien, es decir, todos los momentos que a uno le recuerden quién es. Sólo uno o dos amigos, una relación sexual egoísta, y el olvido producido por algunos narcóticos le ayudaban a anularse. Y como todo eran soluciones parciales se empezó a obsesionar por el pecado elemental. Y le decía a aquel Dios del salón: no te encuentro aquí porque no hay posición para mí en el mundo. Y pensar en ti me desespera más. Y estás más lejos que nunca.
Estaba Peter perdiéndose en una tarde cualquiera, da igual lo que estuviera haciendo, y sintió un dolor desatado por toda la destreza teatral de su madurez, incluyendo la adquisición de saberes y el cumplimiento mediocre de su vida; y notó que se estaba acercando al final de la caída, que las tierras removidas habían arrasado el valle y que tras una polvareda se estaban aquietando. No le importaron los daños, porque ya había pasado. Que se había arqueado el tiempo para empezar a llenar aquel hiato entre la niñez y la edad adulta, que tenía en su mano el espíritu subjetivo –otra vez Hegel-, lo particular, el espacio y el tiempo que siempre había visto desde lo alto, con un ángel pesimista. El ser en el tiempo que se ocupa del tiempo y que se sabe satisfecho, el que no ve su limitada vista como un obstáculo. Peter había visto el bosque desde muchas perspectivas pero nunca había habitado en él. Ahora prefería perderse porque lo tenía ante sus ojos, y porque no tenía prisa por conocer, ni parecía desinteresado en lo que ya había visto. Se sentía ligero y hubiera dado su vida porque no cuadrara su cartografía general con sus pasos sobre la tierra. Ahora cada paso era otro paso. Ni siquiera aquella obsesión le parecía tangible: Dios estaba lejos pero lejos era una distancia.
1 comentario:
SEAT León, compañero.
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